Cementerio de héroes

Los Secretos Oscuros

Capitulo 1 – Endo Deair el pescador

En las orillas de un gran lago, donde las aguas cristalinas besaban la tierra, vivía un joven pescador llamado Endo Deair. Desde su infancia, Endo había soñado con un mundo lleno de magia y criaturas fantásticas. Creció escuchando las historias de valientes guerreros y hechiceros que luchaban contra el mal, esperando que algún día él pudiera vivir y sentirse un aventurero de verdad.

Endo habitaba en una isla situada en medio de un lago tan vasto que, en los días despejados, el horizonte parecía confundirse con el mar. Era una isla protegida por islotes que separaban sus aguas del extenso mar, y muchos de ellos estaban custodiados por torres de vigilancia del ejército de los Altos Mares. Su función era clara: controlar el acceso y mantener alejados a piratas o criaturas hostiles.

El problema más grande de Endo era que su hogar estaba rodeado de una naturaleza exuberante y misteriosa, pero llevaba una vida muy tranquila. Trabajaba en una de las embarcaciones pesqueras más grandes de su ciudad, protegida por magos de agua muy capaces.

La isla en la que había pasado toda su vida estaba también resguardada por el poderoso ejército de «Los Altos Mares» que controlaban las entradas de todas las desembocaduras. Jamás había puesto un pie fuera de la isla ni del místico lago que lo rodeaba y, de la misma forma, tampoco había experimentado nada que le acelerara el corazón como para sentir la adrenalina de un aventurero.

La isla entera estaba cubierta por una única ciudad que se extendía desde el puerto hasta las colinas interiores. Ese puerto era un punto vital de comercio: allí arribaban barcos cargados de bienes, y con ellos llegaban también aventureros de tierras lejanas, que compartían en las tabernas historias de magia, guerras y tesoros ocultos. Endo, trabajando en los navíos pesqueros, escuchaba con atención cada relato, soñando con que algún día esas hazañas dejaran de ser simples cuentos y se volvieran parte de su propia vida.

Endo era capaz de usar magia elemental de aire, algo poco usual en una ciudad especializada en la magia de agua, por lo que sus habilidades para la navegación eran muy valoradas ya que podía cambiar el curso de las brisas e impulsar los navíos a vela en cualquier dirección. No era especialmente alto; apenas sobrepasaba a la mayoría de los adolescentes de la isla, y su físico, trabajado por las faenas en los navíos, le daba una complexión firme pero no imponente. Su cabello era negro como la obsidiana, sus ojos de un café oscuro siempre atentos, y su rostro todavía conservaba la frescura de los dieciséis inviernos que había vivido.

En una noche como cualquier otra, Endo Deair se encontraba solo en su pequeño bote pescando ilumines. Pequeños peces luminiscentes con un alto valor comercial para los artesanos ya que sus escamas mantenían el brillo incluso después de muertos. Lo que desconocía era que un monstruo marino acechaba en las profundidades.

—Ya me está dando frío—dijo Endo, tiritando mientras lanzaba la caña al agua.
Debido a la oscuridad que abrazaba el agua, los ilumines eran fácilmente identificables para la caña de Endo. Mientras lanzaba su anzuelo, Endo sintió un súbito estremecimiento en su pequeña embarcación. De las sombras del lago emergió un Rayo Nocturno, un monstruo con pequeños ojos verdes resplandecientes y aletas que generaban descargas eléctricas capaces de quemar el cuerpo por dentro.
—Pero qué mierd… ¿un monstruo? —dijo Endo, agarrándose del bote.

El Rayo Nocturno se abalanzó sobre la frágil embarcación de Endo, destrozando poco a poco su casco y finalmente arrojándolo al agua con violencia.

Endo luchó desesperadamente para mantenerse a flote, pero el monstruo seguía acechándolo y atacando el bote con sus amenazantes embestidas, todos los ilumines que había pescado cayeron al agua debido al fuerte impacto provocado por las arremetidas del monstruo.

El bote, hecho pedazos, terminó por desarmarse por completo, dejando a Endo totalmente expuesto y a la deriva.

Me tengo que alejar de esa cosa ya mismo, pensó el pescador.

Sin más opción y ya en el agua, Endo se aferró a los restos de madera más cercanos de su embarcación y, utilizando su hechizo de viento <<Breeze>>, logró alejarse del monstruo, el cual se quedó devorando los ilumines que Endo había pescado. Usó toda su energía y concentración en mantener el hechizo mientras el miedo y la incertidumbre se apoderaban de su corazón.

—<<Breeze>> —dijo apenas se agarró de un resto de lo que antes era bote.
—<<¡¡¡Breeze!!!>>, <<¡¡¡Breeze!!!>>, <<¡¡¡Breeze!!!>> —gritó una y otra vez el pescador, desesperado por alejarse de aquella criatura que despedía descargas eléctricas a su alrededor.

Con cada instante que pasaba, Endo sentía cómo la distancia con su hogar se hacía más grande, como si el lago mismo lo rechazara. Cuando las aguas se calmaron y el monstruo se perdió en la oscuridad, los músculos del pescador cedieron al frío y al cansancio; entumecido, Endo cerró poco a poco los ojos hasta rendirse a las sombras que lo envolvían.

Al recobrar la conciencia, el sonido de las olas golpeando contra la costa lo despertó. Ya no estaba en la isla que lo había visto crecer: frente a él se alzaba el continente, una tierra desconocida. No había barcos, ni torres de vigilancia. Solo arena húmeda, árboles extraños y el rumor distante de un mundo nuevo que se abría ante sus ojos. Exhausto, empapado y temblando, Endo agradeció entre jadeos haber sobrevivido al ataque del Rayo Nocturno, aun sin saber qué destino le aguardaba más allá de aquella orilla, en un continente que hasta ese momento solo existía en los relatos de otros.

Capítulo 2 – ¡¡¡¿Cómo que esto no es un monstruo?!!!

Frente a él se extendía una ruta de piedras que atravesaba un frondoso bosque. Atraído por la intriga, Endo decidió seguir aquel camino desconocido. Con cada paso, la sensación de misterio se agudizaba, como si su propia existencia se pusiera a prueba frente a este escenario completamente nuevo para él.

Mientras avanzaba entre los árboles, un escalofrío recorrió su espalda. De pronto, un gruñido profundo resonó en el bosque, haciendo vibrar las hojas y tensando el aire. Endo apresuró el paso, convencido de que algo grande y peligroso se encontraba cerca.

El eco de gritos y el choque de acero rompieron la calma del bosque. Endo se internó aún más y, finalmente, llegó a un claro donde presenció un enfrentamiento. Un grupo de aventureros se medía contra un enorme Javaking.

La criatura tenía el cuerpo de un jabalí común, pero su tamaño era descomunal, tan grande como una cabaña de madera. Dos colmillos curvados hacia adelante sobresalían de su cabeza como lanzas naturales. Todo su cuerpo estaba cubierto de un pelaje corto y áspero, salvo en la espalda, donde se erizaba una melena más larga que le daba un aspecto aún más salvaje.

El grupo estaba conformado por un mago de apoyo llamado Kaydo Wisdomer, un hombre que blandía un bastón con un cristal verde en la punta. En medio del combate, pronunciaba el hechizo <<Recovery>> y lo dirigía hacia una gran e imponente guerrera que resistía el ataque de la criatura como si se tratara de un animal cualquiera.

Kaydo era de tez pálida y ojos verde oscuro, hundidos bajo ojeras marcadas. Sus vestimentas estaban hechas en distintas tonalidades de marrón, simples y funcionales, más pensadas para la resistencia del viaje que para la ostentación. El cabello, de un café oscuro y bastante bien ordenado, enmarcaba un rostro sereno y concentrado en el combate.

—¡Frelda, es el último <<Recovery>>! —exclamó el mago, jadeante—. ¡No me queda más maná, tendrás que aguantar con esto!
—¡Con eso me basta! —rugió la guerrera, con una sonrisa desafiante—. ¡Es tu turno, Rey, yo lo detengo!

La imponente guerrera era Frelda Stronwer. Su estatura superaba a la mayoría de los hombres del lugar y su contextura robusta reflejaba años de disciplina y esfuerzo físico.

Aunque poseía la fuerza y el porte de un guerrero curtido, sus rasgos femeninos y la delicadeza de su rostro resaltaban con naturalidad. El cabello negro caía hasta sus hombros, enmarcando unos ojos color miel que brillaban con determinación. Su expresión revelaba experiencia y habilidad. Portaba una armadura completa con detalles en tono ocre que le daban un aire tan distinguido como intimidante.

La bestia embistió con fuerza, pero Frelda atrapó sus colmillos desnudos con ambas manos, deteniendo el brutal avance. En ese preciso instante, una sombra descendió desde la copa de un árbol: el tercer integrante del grupo, un espadachín cuya espada ardía en fuego elemental. Con un grito, cayó sobre la criatura y hundió su arma desde lo alto, partiendo casi por completo la cabeza del Javaking. Bastaron apenas unos segundos para que el monstruo se desplomara, inerte.

El espadachín era Reynold Goodsword, conocido por sus compañeros simplemente como Rey. Tenía una estatura ligeramente menor que la de Frelda, un cuerpo ágil pensado para la velocidad y la destreza.

Su cabello castaño claro y sus ojos de un azul verdoso llamaban la atención tanto como su porte noble. La armadura que portaba revelaba sin esfuerzo su origen acomodado: una pieza de trabajo refinado, de un azul oscuro profundo con bordes y detalles blancos. No era una armadura pesada como la de Frelda, sino una de mallas flexibles que le permitía saltar, girar y ejecutar piruetas con facilidad.

Su espada, a juego con la armadura, brillaba con un fulgor propio, digno de un arma mágica de alto nivel.

Escondido entre los arbustos, Endo observaba con fascinación la escena, incapaz de apartar los ojos del grupo de aventureros mientras recogían el botín. Una sonrisa de asombro iluminaba su rostro.

—¡Son aventureros de verdad! —susurró para sí mismo, con voz temblorosa de emoción—. ¡Los mismos de las historias en la isla… son increííííbles!
—¿Quiénes son increíbles, niño? —preguntó de pronto una voz firme.
Endo se giró bruscamente y su expresión de felicidad se transformó en puro miedo: la guerrera, Frelda, estaba de pie tras él, mirándolo con severidad.
—¡Eeehh… T-T-Tú! —balbuceó Endo, aún temblando—. ¡Detuviste a ese monstruo con tus propias manos… eres muy fuerte!
Frelda lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada atronadora.
—¡JAJAJAJA! ¡Me caes bien, mocoso! Claro que soy increíble… pero eso que viste no era un monstruo. —Le dio una palmada en la espalda que casi lo hace perder el equilibrio—. Era nuestra cena.
—¡¡¡¿¿¿Quéee, eso no era un monstruo???!!! —gritó Endo, con la cara desencajada y los ojos abiertos de par en par.

La guerrera lo cargó sobre su hombro como si fuera un saco de plumas y lo llevó ante el resto del grupo. Allí lo presentó con naturalidad: Reynold Goodsword, un espadachín mágico de rango C; Kaydo Wisdomer, un sanador de rango D; y ella misma, Frelda Stronwer, escudera de rango C.

—Miren, chicos, tenemos un nuevo fan —dijo Frelda, bajando a Endo de su hombro con una sola mano.
—Hola, chico. ¿Cómo te llamas? —preguntó Rey con una sonrisa confiada.
—Ehh… me llamo Endo —replicó el pescador, aún algo nervioso.
—¿Estás perdido? —intervino Kaydo, con voz serena.
—Digamos que tuve un pequeño accidente y terminé acá —respondió Endo, rascándose la nuca con timidez.

Endo, todavía aturdido por lo ocurrido, les relató su situación. Frelda, entre sonrisas y promesas, le aseguró que lo acompañarían hasta Seradonia, la capital del continente. Una ciudad inmensa y de gran importancia, donde quizás podría encontrar el camino de regreso a casa.

Pese a su imponente figura y al rostro endurecido por la experiencia, Frelda irradiaba un extraño carisma. Era una mujer fuerte, alegre y sorprendentemente cercana.

El grupo le explicó al pescador cómo funcionaban los rangos de aventureros, desde el nivel más bajo, el rango F, hasta la cúspide de la excelencia, los aventureros de rango S+, de los cuales apenas existían unos pocos en todo el continente. También le comentaron que el Javaking que habían enfrentado no era más que un animal de rango E, una bestia salvaje que apenas se consideraba monstruo, más cercana a una presa de caza que a un verdadero enemigo.

Endo, fascinado, no dejaba de preguntar. Las dudas se entremezclaban con la emoción mientras avanzaba con el grupo de aventureros rumbo al norte, hacia su nuevo destino: Seradonia.

Capítulo 3 – Una ciudad, un aventurero y un sueño

Al salir del bosque, Endo Deair y sus compañeros se encontraron con un pintoresco campo de cultivos, donde los campesinos trabajaban arduamente para cultivar los alimentos que sostenían a la capital. Los campos estaban llenos de colores vibrantes, con hileras de maíz, trigo y verduras, bailando suavemente al compás de la brisa mágica que soplaba en la tierra.

Mientras cruzaban el campo, los aventureros saludaron amablemente a los campesinos, quienes con rostros cansados pero sonrientes correspondieron con gestos de reconocimiento y gratitud. Era evidente que la labor de los aventureros era fundamental para mantener la armonía entre la naturaleza y la sociedad.

Tras dejar atrás el campo de cultivos, Endo Deair y sus compañeros continuaron su camino hacia la ciudad. Allí, se encontraron con majestuosas y gigantescas puertas de entrada, custodiadas por imponentes guardias vestidos con armaduras relucientes. Las puertas eran símbolo de la grandiosidad y la protección que ofrecía la capital de Seradonia a sus ciudadanos y visitantes.

Después de pasar la revisión de los guardias, Endo Deair y sus compañeros finalmente ingresaron a la ciudad. Las calles estaban llenas de bullicio y vida, con mercaderes ofreciendo sus productos mágicos y habitantes yendo y viniendo en sus quehaceres diarios. El aire estaba impregnado de fragancias exóticas y el sonido de risas y música se mezclaba en el ambiente.

Los aventureros llegaron al gremio de aventureros de la ciudad. El edificio se alzaba imponente, con su arquitectura medieval adornada con símbolos de valentía y heroísmo. Al entrar, se encontraron con una sala llena de compañeros aventureros, algunos intercambiando historias emocionantes acompañadas de una cerveza y otros preparándose para nuevas y peligrosas misiones.

Endo Deair y sus compañeros se acercaron a la mesa de registro, donde fueron recibidos por la encargada del gremio, Alice Bonaven.

—Aquí está el encargo: los dos cuernos del Javaking y la carne. Según lo acordado, nos quedamos con la piel —dijo Frelda.

—Todo está correcto. Aquí está el pago por los materiales, veinticinco monedas de plata. ¡Muchas gracias! —respondió Alice con amabilidad.

Frelda le explicó a la encargada de gremio la situación del pescador a la deriva. Alice lo escuchó con atención y descifró todo de inmediato.

—Tengo entendido que hay una embarcación que sale de nuestro puerto hacia los Altos Mares dentro de ocho días. Podrías comprar un ticket allí para volver a tu hogar —explicó Alice.

—¿¡En ocho días!? ¿Qué voy a hacer toda esta semana? ¡Moriré de hambre! —protestó Endo con desesperación.

—Siempre puedes hacerte aventurero y tomar algunas misiones de rango bajo para sobrevivir —sugirió Frelda con una sonrisa.

En ese momento, Endo se dio cuenta de su situación. Estaba parado exactamente donde siempre soñó estar, en el lugar del que solo había escuchado en canciones de bardos errantes y en las historias de aventureros que visitaban la taberna del puerto en su hogar. Estaba en el salón principal del gremio de aventureros. Al caer en cuenta de ello, miró con decisión a Alice y le preguntó qué necesitaba para volverse aventurero.

Gremio de aventureros: Seradonia

Alice le explicó todas las pruebas necesarias para determinar el poder de un aventurero y su rango. El pescador, decidido a convertirse en aventurero, tomó todas las nivelaciones.

—Muy bien, ahora tus resultados son los siguientes: maestría en armas novato en todos los niveles, afinidad mágica a aire elemental, reservas de maná altas. Debido a tus resultados actuales no es posible dar una prueba adicional para avanzar de rango. Tienes rango de aventurero F. Aquí está tu tarjeta de identificación. En el panel del fondo puedes revisar las misiones disponibles para tu rango. Puedes tomar misiones de mayor rango al tuyo siempre y cuando participes en una party que tenga un rango promedio igual o superior a la misión que quieran aceptar —dictaminó Alice.

—¡¡¡Soy un aventurero, al fin soy un aventurero!!! —gritó el pescador, emocionado por haber dado su primer paso en aquel mundo que tanto había soñado, sin importar que su rango inicial fuera el más bajo.

—Deberías ir a ver al mercado por algo de equipamiento si no quieres morir en tu primer día. Toma, aquí tienes cinco monedas de plata, un pequeño regalo para que empieces bien tu aventura —dijo Frelda, entregándole unas monedas.

—Gracias, Frelda. Te juro que me esforzaré para pagarte lo antes posible —respondió Endo con gratitud.

—¡JAJAJAJA! Esa es la actitud, mocoso. Ahora ve, ya nos veremos de nuevo —rió la guerrera.

Endo se despidió de Frelda y sus compañeros y partió hacia el mercado. Este se ubicaba en una gran plaza al sur de la capital.

El sistema monetario se basaba en tres tipos de monedas: oro, plata y cobre. Cada una tenía un valor específico y se utilizaba para transacciones comerciales dentro del mercado.

En este sistema, los precios se expresaban en combinaciones de las tres monedas. Por ejemplo, un artículo podía costar diez monedas de oro, cincuenta de plata o cien de cobre, dependiendo de su valor, exclusividad o rareza. Los comerciantes aceptaban pagos mixtos, permitiendo combinar diferentes monedas para cubrir el costo total. En cuanto al tipo de cambio, una moneda de oro equivalía a cincuenta de plata, y una de plata a cincuenta de cobre.

Endo pasó el resto del día recorriendo el mercado, maravillado por la gran cantidad de puestos, mercancías y voces que llenaban el aire de la plaza. Visitó muchas tiendas de armaduras, pero ninguna lo convencía hasta que paró frente a un par de puertas macizas y gastadas que lo recibieron con un crujido al abrirse. El aire estaba impregnado de un suave aroma a incienso, envolviendo el lugar en una atmósfera mágica y atrayente.

El interior de la tienda estaba decorado con estantes de roble oscuro, tallados con símbolos rúnicos y adornos antiguos. La tenue luz de las velas parpadeantes iluminaba los pasillos, revelando armaduras relucientes, espadas brillantes y escudos grabados con elegantes diseños. En los expositores se encontraba una amplia variedad de equipamientos, cada uno con su propia historia y aura mágica.

En un rincón descansaban majestuosas espadas de hojas afiladas como cristal, empuñaduras adornadas con gemas y filigranas doradas. Sus hojas brillaban con un resplandor sobrenatural, prometiendo el poder de derrotar a las criaturas más temibles y proteger a su portador.

A medida que Endo se adentraba en la tienda, aparecían armaduras brillantes que ofrecían una protección formidable y estaban imbuidas de propiedades mágicas. Algunas armaduras eran livianas y permitían una movilidad excepcional, mientras que otras eran pesadas pero otorgaban una resistencia sobrenatural.

El comerciante, con su túnica adornada y barba canosa, recibió a Endo con una sonrisa sabia. Conocía el valor de cada artículo y la historia que yacía detrás de ellos.

—Bienvenido, joven. Mi nombre es Borim Goldspade, hijo de Brovik Goldspade, y estoy seguro de que aquí, en mi tienda, encontrarás lo que estás buscando —dijo mientras observaba con atención al pescador, como si intentara leerlo de un vistazo.

—Hola… soy Endo. Acabo de hacerme aventurero —respondió con cierta timidez.

—Vente, sígueme. Te mostraré algo que puede quedarte perfecto. Solo veinte monedas de plata —dijo Borim, rebuscando entre los estantes hasta sacar un equipo brillante que claramente estaba muy por encima del presupuesto de Endo.

—N-no tengo tanto dinero… no puedo pagar eso —replicó el joven con nerviosismo.

Borim lo miró un momento y volvió a los estantes.

—Mmm… ¿qué te parece esto por siete monedas de plata? —propuso, sacando un set de calidad más modesta, pero aún demasiado caro para el pescador.
Endo bajó la mirada y se rascó la nuca.

—¿No tendrá algo más barato? ¿Un equipo por… una moneda de plata?

El comerciante soltó un bufido y, casi con desgano, comenzó a escarbar en un montón de piezas olvidadas al fondo de la tienda. Tras apartar polvo y chatarra, sacó un set de armadura ligera: pechera, grebas y un soporte simple para armas.

—Aquí lo tienes. Un set para principiantes. Te lo dejo en una moneda de plata —dijo Borim, soplando el polvo de encima con gesto de decepción.

Los ojos de Endo brillaron. —¡Me lo llevo!

Fascinado por todo, Endo salió de allí con su primera armadura ligera básica. Sin embargo, aún quedaba la decisión más importante: elegir un arma.

—Dime, ¿qué arma deseas? —preguntó Borim, cruzándose de brazos.

—Mmm… quizás un arco, o una daga. Un escudo no estaría mal, combinaría con Frelda. Aunque una espada como la de Rey también se vería increíble… o quizá un bastón, y dedicarme solo a la magia… —murmuró Endo, cada vez más confundido.

—¿Qué es lo que dicta tu corazón? —replicó el comerciante con calma.

Capítulo 4 – Un paseo por el bosque

—¡Tomaré esta daga! —exclamó Endo con decisión.

El anciano artesano asintió con aprobación. Sus ojos experimentados detectaban en el joven aventurero una chispa de determinación.

—Vaya… así que tomarás el camino de las armas ligeras. Es una elección interesante. Espero que esta daga te sirva bien en tus futuras hazañas, pequeño aventurero —respondió Borim con una leve sonrisa.

El sol comenzaba a hundirse en el horizonte cuando Endo salió de la tienda. Con el dinero que le quedaba, se dirigió a la posada más cercana, suficiente para asegurar un refugio modesto durante toda la semana. Todo gracias a la generosa contribución de Frelda.

La posada, sencilla pero acogedora, le ofrecía una pequeña habitación iluminada por una vela y una cama que, aunque no era precisamente un lecho de plumas, prometía el descanso necesario.

—Hoy pasaron tantas cosas… ya quiero que sea mañana para mostrarle a Frelda mi nuevo equipo —murmuró Endo, recostado en la cama mientras sus ojos se cerraban lentamente, rendidos al cansancio de aquel día largo pero mágico que había vivido el ex pescador.

Los cinco días siguientes pasaron volando. Cada mañana, Endo se entregaba a un riguroso entrenamiento con su daga, intentando perfeccionar su destreza en cada movimiento. Abdominales, flexiones y el levantamiento de pesados sacos de avena proporcionados por el amable posadero fortalecían poco a poco su cuerpo.

Por las tardes, visitaba el gremio en busca de misiones. Las de rango F solían ser sencillas y poco gloriosas: limpiar establos, rescatar animales atrapados en tejados o acarrear materiales. No eran las hazañas heroicas con las que había soñado, pero eran el único trabajo disponible para un aventurero novato como él.

En una de sus visitas preguntó por Frelda y sus compañeros, solo para enterarse de que se encontraban en una misión de cacería de rango C fuera de la ciudad, y que tardarían en regresar. Ante eso, Endo redobló sus esfuerzos, decidido a entrenar y ganar suficiente dinero para devolverle a Frelda las monedas de plata que le debía.

Por las noches, en la soledad de su habitación, se enfocaba en su magia de aire. No sabía realmente cómo entrenarla, pero recordaba a Rey y su espada envuelta en fuego elemental. Intentaba imitarlo, imaginando su daga envuelta en viento cortante.

—Según los resultados en el gremio, tengo buenas reservas de maná… ¿pero de qué me sirve si no sé cómo usarlo? —se lamentaba, frustrado, una y otra vez.

Tras varios intentos fallidos, al quinto día consiguió canalizar el maná de viento hasta su mano derecha. Sin embargo, no pudo transferirlo a su daga.
—Es imposible… no puedo hacerlo. Le preguntaré a Rey cuando lo vea, necesito saber cómo lo logra —murmuró, exhausto, mientras el brillo leve del maná desaparecía de su mano.

Al sexto día, Endo se presentó en el gremio en busca de una nueva misión. Apenas cruzó la puerta, Alice, la recepcionista, lo llamó desde su mesa.

Alice era una joven de unas veinte primaveras, de cabello largo y liso de tono cobrizo, que solía llevar recogido en dos tomates laterales. Su rostro siempre transmitía paz y tranquilidad, y unas suaves pecas adornaban sus mejillas. Sus ojos café oscuro parecían observarlo todo con calma. Vestía el uniforme del gremio, con una bandana en el brazo que llevaba bordado el emblema de Seradonia.

Con Endo tenía un trato especial: lo miraba y hablaba como si fuera su hermano pequeño, siempre preocupada por él y procurando que no se metiera en problemas.

—¡Buenos días, Endo! Qué bueno que llegaste. Justo necesito entregar una carta con urgencia en Thalendel, una aldea que se encuentra a medio día de caminata por el bosque de Seradonia. Es una misión de rango E.

—¡Hola, Alice! Pero… no tengo un grupo para tomar una misión de ese rango —respondió Endo, bajando la mirada.

—Normalmente no estaría permitido —admitió Alice con una sonrisa comprensiva—. Pero, como es de los rangos más bajos y estamos en una situación especial, puedo asignártela sin problema. Además, si la completas podría ayudarte a ascender de rango.

Los ojos de Endo brillaron de emoción. —¡Por favor, dame los detalles!

Alice le entregó un pergamino sellado con la marca del Gremio de Aventureros de Seradonia.

—Debes llevar este pergamino a Uldyr Alathorin, jefe de la aldea de Thalendel. El camino va hacia el noroeste. Es una ruta bien transitada, por lo que es poco probable que encuentres monstruos peligrosos. Eso sí, la entrega debe hacerse cuanto antes. Cuando regreses, registra la misión en el gremio y quedará oficialmente completada.

Endo apretó el pergamino contra su pecho.
—Me pongo en marcha entonces. ¡Gracias por la oportunidad, Alice!

Antes de partir, Endo se detuvo en el bullicioso mercado de la puerta norte. Compró algunas provisiones sencillas para el camino: pan duro, queso envuelto en hojas y una cantimplora de agua fresca. La atmósfera vibraba con la energía de mercaderes y caravanas, y por un instante Endo sintió que estaba viviendo la aventura que siempre había soñado.

La ruta hacia Thalendel era clara, marcada por el paso constante de comerciantes y viajeros. Los carruajes chirriaban, las ruedas dejaban huellas profundas, y cada caravana parecía traer un pedazo distinto del mundo: pieles del norte, especias del sur, armas forjadas en el oeste.

Lo que más capturó la atención de Endo fueron las criaturas que tiraban de algunos de esos carros. En Seradonia los caballos eran comunes, nobles y firmes, pero en Thalendel predominaban los enigmáticos High Lizard.
Conversando con un mercader durante un tramo del viaje, Endo escuchó más sobre aquellas criaturas.

—Son casi del tamaño de una carroza, como puedes apreciar… ¡algunos incluso llegan a ser mucho más grandes! —exclamó el hombre, señalando con entusiasmo a los High Lizard que pasaban tirando de una carreta.

—Cuando están solos no pasan de ser criaturas de rango E… pero cuando se reúnen en manadas… chico, ahí debes tener cuidado, porque hasta un rango C podría perder contra ellos.

Endo quedó maravillado, observando a varios High Lizard que pasaban con porte imponente, sus escamas brillando bajo los haces de luz que se filtraban entre las ramas.

Endo sonrió mientras observaba a estas magníficas criaturas ir y venir, sabiendo que su camino estaba marcado por la majestuosidad de estos seres. El sendero se abrió ante él, una puerta al reino de maravillas que estaba a punto de explorar.

El camino pronto lo llevó por campos dorados que se mecían como olas, antes de sumergirse en la espesura del bosque. Árboles gigantescos se alzaban como columnas vivientes, y entre sus ramas colgaban pequeños cristales mágicos que titilaban como luciérnagas, iluminando su trayecto con un resplandor etéreo.

Finalmente, tras varias horas de caminata, Endo alcanzó Thalendel. La aldea parecía surgir en armonía con el bosque, sus casas de madera y piedra entrelazadas con raíces vivientes y enredaderas floridas. Semielfos patrullaban los alrededores, atentos y serenos, guardianes de aquel equilibrio frágil entre naturaleza y civilización.
Por primera vez, Endo sintió que no solo estaba cumpliendo una misión, sino que estaba entrando en un mundo más amplio y desconocido, uno que lo invitaba a crecer.

Endo se encaminó hacia el gremio de aventureros en Thalendel con un propósito claro en mente de entregar la carta al líder de la aldea. Al cruzar la puerta, una masa de músculos gigantesca bloqueó su paso. Endo, bajo la sombra generada por la silueta imponente, miró hacia arriba.

—¡¿Mocoso?! —gritó la figura.
—¡¿Frelda?! —exclamó Endo, sorprendido.

Endo procedió a relatarle a Frelda la misión que le habían encomendado y a quién estaba buscando. El grupo le informó que Uldyr no se encontraba en la aldea, ya que estaba liderando una peligrosa expedición de caza contra una manada de High Lizards que se había mantenido oculta durante mucho tiempo y representaba una amenaza para la aldea.

—Hemos reducido su número, pero son más de los que pensábamos. Hoy atacaremos su nido. Capturaremos a los más jóvenes y cazaremos a los más grandes. Será un gran botín, muchacho, ¡JAJAJAJAJA! —dijo Frelda.
Endo preguntó si podía unirse a la expedición. Después de todo, también tenía que entregar una carta al señor de la aldea.

—Es muy peligroso, mocoso. Mejor espera aquí a que regresemos. Yo misma te acompañaré a entregar la carta a ese viejete de Uldyr. ¡JAJAJAJA! —respondió la guerrera.

Mientras conversaban, sonaron cuernos de guerra en el gremio de aventureros.
—Es hora, muchachos, a trabajar —dijo con voz imponente, levantando su escudo y guardando su espada en su vaina.

—¿Tantos aventureros son necesarios para una manada de High Lizards? —preguntó Endo en voz alta mientras veía partir a un grupo de doce aventureros junto a Frelda y sus amigos en dirección hacia el oeste.

Una mujer delgada, con orejas puntiagudas y largo cabello blanco, respondió desde una mesa cercana.
—Esa manada está al mismo nivel que una raid de mazmorra. Es normal que tomen precauciones.

—¿Una raid? ¿Qué es eso? —preguntó Endo, intrigado.

—Se le llama raid a una incursión con un nivel de dificultad de rango B+. Normalmente es similar a enfrentar a un monstruo poderoso o limpiar una mazmorra completa —explicó la mujer.

—Gracias… eeemm…
—Miriel —dijo la mujer, presentándose.

Preocupado por la seguridad de Frelda, Endo preguntó:
—Frelda es de rango C, ¿no será peligroso para ella unirse a esa raid?

Miriel rió. —¿Te preocupas por ella? Es una de las paladines más duras que conozco. Además, ese grupo solo va de apoyo. Mi hermano y los demás son el equipo principal, así que estará bien.

—Gracias… supongo que escuchar eso me deja más tranquilo —respondió Endo, dejando escapar un suspiro de alivio—. Por cierto… soy Endo Deair, aventurero de rango F. Recién empiezo, pero estoy seguro de que me volveré un aventurero que el mundo reconocerá. Algún día los bardos cantarán mis hazañas y, bueno… si alguna vez estás en peligro, quizás sea yo quien te salve.

Miriel lo observó en silencio por un momento y luego asintió con una sonrisa que mezclaba ternura y un dejo de respeto.
—Muy bien, Endo. Cuando te necesite sé que podré contar contigo. Por ahora tengo un par de asuntos que atender. Con tu permiso, debo retirarme.

Tras esa conversación, el cansancio del viaje finalmente se abatió sobre el cuerpo de Endo. Buscó una posada donde pasar la noche y se tendió en la cama, lleno de emociones encontradas. Había emoción, felicidad y también ansias de un nuevo día repleto de aventuras.

Sin embargo, su descanso se vio interrumpido bruscamente. Endo se despertó de golpe, su corazón latiendo con fuerza, al escuchar un grito desesperado a lo lejos.

—¡Abran la puerta! ¡Están cerca, ayuda! —se escuchó a un semielfo con la voz desgarrada clamando por auxilio.

Inmediatamente después del grito, el bosque resonó con un rugido. Los High Lizard habían emboscado a la expedición, manteniendo ocupado al equipo principal mientras atacaban por la retaguardia y rompiendo la formación por completo. En ese instante, Endo pensó en Frelda.

Los guardias de la aldea abrieron de par en par las puertas para permitir la entrada del aventurero herido. Fue entonces cuando dos High Lizard se abalanzaron detrás de él, arrollando a los soldados y dejando la entrada abierta de par en par.

Endo se dirigió hacia las puertas y presenció un combate feroz en pleno apogeo. Los guardias luchaban valientemente, manteniendo a raya a los monstruos mientras protegían a un guardia herido, pero estos reptiles eran más formidables de lo habitual y poco a poco estaban ganando terreno en el enfrentamiento. Uno de ellos atravesó el escudo de un soldado con sus garras y, en el mismo movimiento, desgarró la pechera metálica, lanzando al guerrero al suelo en un grito de dolor.

El corazón de Endo latía con fuerza. Su mente estaba llena de preguntas angustiosas: ¿Dónde estaban Frelda y sus amigos? ¿Qué les había ocurrido? ¿Estaban vivos? ¿Debería ayudar a los guardias en esa batalla desesperada? ¿Realmente tenía lo necesario para enfrentarse a esos monstruos?¿Debería ir a buscar a Frelda?

Capítulo 5 – Lecciones de combate

Endo decidió que no podía perder más tiempo. A pesar de la urgencia de la situación en la aldea, la imagen de Frelda y los demás aventureros en peligro lo impulsó a actuar rápidamente. Sin detenerse a pensar dos veces, esquivó el caos en la entrada y salió directo por el camino que conducía hacia el oeste, donde había visto partir al grupo.

El sendero estaba flanqueado por árboles densos que se alzaban altos, sus ramas entrelazándose para crear una cubierta natural que bloqueaba la mayor parte de la luz. La visibilidad era escasa, y cada paso que daba resonaba con crujidos de hojas y ramas bajo sus pies. El viento soplaba, haciendo que las sombras de los árboles parecieran moverse como si algo estuviera acechando en la penumbra.

A pesar del miedo que crecía en su pecho, Endo mantenía el paso firme mientras pensaba en Frelda y lo que le pudo haber pasado. Pero mientras más avanzaba, más se daba cuenta de que estaba completamente solo en un bosque donde cualquier cosa podría acecharle. Los rugidos distantes de los High Lizards aún resonaban en su mente.

De repente, algo se movió entre los árboles. Un sonido leve, como si algo estuviera corriendo cerca de él. Endo se detuvo, su corazón latiendo con fuerza. Giró la cabeza rápidamente, tratando de ver qué era, pero la espesura de los árboles dificultaba cualquier intento de identificarlo.

Unos pasos más adelante, un ruido más fuerte rompió el silencio. Era un crujido de ramas y el golpeteo de algo pesado moviéndose por el bosque. Endo agarró con más fuerza la empuñadura de su daga, preparándose para lo peor. En ese momento, una figura salió de entre los árboles, tambaleándose.

Eran tres de los aventureros que habían partido con Frelda, cubiertos de sangre y uno con una profunda herida en el abdomen. Su respiración era entrecortada, y apenas se mantenía en pie.

—¿Frelda… dónde está? —preguntó Endo, intentando mantener la calma mientras corría hacia ellos.

Uno de los aventureros lo miró con ojos llenos de dolor.
—Fuimos… emboscados. Los High Lizards nos superaron. Están atrapados… más adelante… en el claro. Tienes que… advertirle al gremio… que envíen refuerzos.

El hombre se tambaleaba, claramente debilitado por la pérdida de sangre, pero aún en pie, con una expresión obstinada de lucha en su rostro.
Endo apretó los dientes.

—No hay tiempo para advertencias. Si no hago algo ahora, Frelda y los demás podrían no sobrevivir.

Decidido, les dijo a los aventureros que se escondieran y esperaran a que la guardia controlara la situación en la aldea antes de volver. Dicho eso, continuó corriendo en dirección al claro, sin saber exactamente lo que encontraría, pero con el firme deseo de salvar a Frelda y a sus compañeros.

El sonido de la batalla se hacía más claro conforme avanzaba, y a través de la oscuridad del bosque, el joven aventurero finalmente llegó al borde del claro. Ahí, vio la escena que tanto temía: Frelda estaba rodeada por tres enormes reptiles, uno de ellos tenía una gema roja incrustada en la frente y su tamaño era mucho más grande de lo normal. Detrás de ella se encontraba Kaydo, desmayado y con sangre en gran parte de sus prendas. Frelda luchaba por mantenerse de pie protegiendo al sanador mientras los High Lizards los atacaban sin piedad.

El claro estaba sumido en el caos. El aire olía a tierra húmeda y sangre, y el sonido metálico del acero chocando con las gruesas escamas de los High Lizards resonaba por todas partes. Frelda, con el rostro ensangrentado y respirando con dificultad, seguía erguida con su gran escudo frente a ella, bloqueando los ataques de los monstruos que la rodeaban. El más grande de ellos, el que portaba la gema roja en la frente, se movía con una inteligencia inquietante, observando cada movimiento de la guerrera con ojos fríos y calculadores.

Endo, al ver la escena, sintió que el miedo intentaba apoderarse de él. Pero, más allá de su temor, algo mucho más fuerte se encendió en su interior. No podía permitirse fallar, no cuando Frelda y Kaydo lo necesitaban.

—¡Frelda! —gritó mientras se abalanzaba hacia los reptiles, empuñando su daga.

La guerrera levantó la mirada por un segundo, sorprendida de verlo allí.
—¡Mocoso, qué estás haciendo aquí! —rugió entre jadeos, aunque su voz aún mantenía ese tono fuerte que la caracterizaba.

—¡No puedo dejar que te enfrentes a esto sola! —respondió Endo mientras corría hacia uno de los High Lizards que estaba a punto de embestirla por el costado. Con un salto desesperado, clavó su daga en la escamosa piel de la bestia lo suficiente como para desviarla momentáneamente. El reptil lanzó un rugido ensordecedor, pero no se veía herido.

Frelda soltó una carcajada a pesar de la situación.
—¡Tienes agallas, muchacho! Pero no te fíes, estos lagartos no caerán tan fácilmente.

Con el escudo aún en alto, Frelda volvió a enfocar su atención en los monstruos que la rodeaban.
—¡Mocoso! Si quieres ayudar, llévate a Kaydo a ese árbol. ¡Ahora!

Endo, con el corazón latiendo a mil, no discutió. Corrió hacia Kaydo, que seguía desmayado y cubierto de sangre a pocos metros de Frelda. Con esfuerzo, lo cargó y lo llevó hacia un gran árbol con un hueco en su base, lo suficientemente grande para ocultarlo. Se aseguró de colocarlo lo más cubierto posible dentro del refugio natural.

Mientras tanto, el lagarto con la gema roja en la frente lanzó un rugido profundo, sus ojos brillando con una inteligencia inquietante. Con un movimiento brusco de su cola, ordenó a los dos lagartos restantes atacar a Frelda por ambos flancos.

Frelda, demostrando una impresionante rapidez a pesar de su agotamiento, hizo un parry con su escudo, desviando el ataque del primer lagarto. Aprovechó la oportunidad y, con un grito feroz, asestó un golpe mortal con su espada, atravesando el cuello del monstruo. Sin embargo, en el proceso, el segundo lagarto aprovechó su distracción y hundió sus fauces en el brazo de Frelda. Ella soltó su espada con un grito ahogado de dolor, su brazo inmovilizado por la mordida.

—¡Malditos…! —gimió, intentando recuperar su arma, pero el dolor era insoportable. Desarmada y con el brazo herido, no le quedó otra opción más que alzar su escudo para protegerse mientras el segundo lagarto acechaba de nuevo.

Endo, tras ocultar a Kaydo, regresó rápidamente junto a Frelda, viendo cómo el último de los secuaces lagarto cargaba contra ella. Frelda alzó su escudo, aguantando el impacto con todas sus fuerzas, pero el dolor en su brazo izquierdo la debilitaba, y aunque bloqueó el golpe, no tenía la capacidad de contraatacar.

—¡Mocoso! —gritó Frelda entre dientes mientras lo veía acercarse—. Escucha bien… no puedo atacar con este maldito brazo. Vamos a hacer un cambio. Cuando ese lagarto cargue de nuevo, yo bloquearé con un parry… y en ese momento tú atacas. Hazlo rápido y directo, donde esté expuesto.

Endo asintió, tragando saliva mientras sus manos temblaban al empuñar su daga. Sabía que su vida y la de Frelda dependían de que pudiera ejecutar el ataque en el momento exacto.

El lagarto restante, un monstruo grande y feroz, cargó de nuevo hacia ellos, sus fauces abiertas y sus garras levantadas, listo para destrozarlos. Frelda, con una habilidad asombrosa a pesar del dolor, bloqueó el golpe con su escudo en el último segundo, desviando la embestida del reptil.

—¡Ahora, mocoso! —rugió Frelda con todas sus fuerzas.

Sin detenerse a pensar, Endo se lanzó hacia adelante, hundiendo su daga con todas sus fuerzas en el flanco expuesto del lagarto. La hoja perforó las escamas del monstruo y logró llegar al cuello de la bestia, arrancándole un rugido de agonía. La sangre salpicó su rostro mientras el cuerpo del lagarto se retorcía y se ahogaba con su propia sangre hasta que cayó pesadamente al suelo, inmóvil.

Frelda respiró con dificultad, pero una sonrisa cansada asomó en su rostro.
—Lo hiciste… buen trabajo, mocoso.

Con el brazo herido, Frelda lo miró con una media sonrisa de cansancio.
—Ahora viene el plato principal, mocoso. El de la gema… ese es el verdadero desafío.

El High Lizard con la gema roja, viendo cómo sus secuaces habían caído, lanzó un rugido feroz que resonó por todo el claro. Su mirada se fijó en Frelda y Endo, y sin más preámbulo, arremetió con una velocidad sorprendente, usando sus enormes garras para destrozarlos.

—¡Atento! —gritó Frelda mientras alzaba su escudo justo a tiempo para bloquear el ataque brutal. El impacto hizo que sus rodillas temblaran, pero mantuvo la postura.

Endo, siguiendo la táctica que Frelda le había enseñado, intentó atacar en el momento del parry. Se lanzó con su daga hacia el costado de la bestia, pero el High Lizard se retiró rápidamente después de su ataque, esquivando el filo con agilidad inesperada.

—¡Maldito! —escupió Endo, frustrado por no haber acertado.

El High Lizard no les dio tiempo para respirar. Con una velocidad intimidante, lanzó dos ataques más, sus garras cortando el aire con precisión mortal. Frelda bloqueó ambos con su escudo, desviando los golpes, pero cada vez el monstruo se retiraba antes de que Endo pudiera asestarle un golpe.
Endo se lamentaba, sintiéndose torpe y lento.

—No soy lo suficientemente rápido…

De repente, una idea empezó a formarse en su mente. Recordó algo que había escuchado alguna vez sobre aventureros que podían canalizar su maná en combate para mejorar sus capacidades. Él sabía que tenía afinidad elemental con el viento, pero nunca había aprendido a controlarlo… hasta ahora. Desesperado, Endo cerró los ojos por un segundo y se concentró en su interior.

Sintió cómo una corriente suave, casi imperceptible al principio, empezaba a recorrer su cuerpo. Era como si una brisa le envolviera desde adentro, acelerando su pulso, sus reflejos… su velocidad. El maná fluía como el viento, ligero y rápido, y Endo sintió su presencia más clara que nunca.

El High Lizard arremetió una vez más, pero esta vez Frelda no tuvo la fuerza suficiente para soportar el impacto. El golpe del monstruo hizo que su escudo se soltara de sus manos, cayendo al suelo con un fuerte estruendo.
—¡Frelda! —gritó Endo, viendo a su compañera desarmada.

Pero no podía perder el foco. En el momento en que la bestia terminó su embestida, Endo, sintiendo el maná fluir por sus venas como nunca, se movió con una velocidad que no había experimentado hasta ahora. Su cuerpo reaccionaba como el viento, rápido y ágil. En un abrir y cerrar de ojos, clavó su daga en el costado de la bestia, justo bajo sus costillas.

El High Lizard lanzó un rugido ensordecedor de dolor, girándose violentamente para alejarse de Endo. A pesar de la herida, el monstruo seguía luchando, sus ojos llenos de furia.

Pero antes de retirarse completamente, el reptil lanzó su cola con una fuerza devastadora. Endo apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ver cómo golpeaba de lleno a Frelda, lanzándola contra un árbol cercano. El impacto fue brutal, y Frelda cayó al suelo, inmóvil y sin señales de reaccionar.

—¡No! —rugió Endo, sintiendo el pánico apoderarse de él al ver a Frelda desplomada.

El High Lizard se detuvo, volviendo a su posición original. Sus ojos, brillando bajo la luz de la gema roja, se fijaron en Endo. El aire en el claro se tensó mientras el monstruo herido lo observaba con atención. La batalla aún no había terminado.

Endo se mantuvo firme, sintiendo cómo el poder del viento continuaba corriendo por su cuerpo. Pero ahora era él quien estaba en la mira del monstruo. Y la bestia no iba a detenerse hasta acabar con él.

La bestia, con los ojos ardientes de furia, se lanzó hacia Endo con un rugido que estremeció el claro. Sus garras se extendieron hacia él en un ataque frontal devastador. Pero Endo, ahora sintiendo el viento en cada fibra de su ser, reaccionó instintivamente, lanzándose en una acrobacia hacia el costado. El aire cortó su piel mientras se movía, esquivando la embestida por apenas un par de centímetros.

La bestia, sin dudar, giró su enorme cuerpo y lanzó un ataque con su cola. Endo, aún en movimiento, intentó esquivar nuevamente, pero la punta de la cola le alcanzó en el brazo, lanzándolo varios metros atrás. El impacto lo tiró al suelo con fuerza, haciéndolo rodar sobre la tierra. El dolor le recorrió el brazo, pero no tenía tiempo para quejarse.

Se levantó lentamente, con el brazo herido a un lado y la respiración agitada. Pero sus ojos seguían enfocados, llenos de una determinación feroz. No podía fallar ahora, no cuando estaba tan cerca de terminar la batalla.

La bestia, herida y furiosa, arremetió nuevamente. Esta vez saltó con todo su cuerpo hacia adelante, sus enormes garras listas para destrozar a Endo de un solo golpe. El joven aventurero vio cómo el monstruo venía hacia él, sus garras apuntando directamente a su cabeza.

—¡No perderé! —gritó Endo con todas sus fuerzas, un rugido que resonó como un eco de su propia alma. Con la daga en la mano, se lanzó también hacia adelante, pero en el último momento, justo cuando la bestia estaba a punto de alcanzarlo, giró su cuerpo con una agilidad casi sobrenatural

—. ¡Breeeze!

Las garras de la bestia rozaron su rostro, apenas cortando su mejilla, pero Endo logró pasar por debajo del monstruo usando su hechizo para controlar su propio maná y así mismo la dirección de su cuerpo. En ese preciso instante, mientras sus cuerpos se cruzaban en un choque de velocidad y fuerza, Endo clavó su daga en la parte inferior del monstruo, trazando un corte profundo a lo largo de su abdomen.

El High Lizard lanzó un rugido de dolor que sacudió el bosque. Su sangre cayó al suelo en gruesas gotas, y su cuerpo se tambaleó hacia adelante, mientras Endo caía debido al impulso de su maniobra. El impacto lo dejó sin aliento por unos segundos, su cuerpo ya no respondía como antes, el cansancio y las heridas lo debilitaban.

Endo se levantó, apenas sosteniéndose en pie. Su cuerpo temblaba y el maná dejó de circular por sus venas, el dolor en su brazo y costado era casi insoportable. Sabía que no podría seguir peleando mucho más. La daga aún estaba en su mano, pero apenas podía sostenerla.

La bestia, aunque gravemente herida, seguía de pie. Sangraba profusamente, pero no había perdido la voluntad de luchar. Con un último rugido, sus ojos se clavaron en Endo, como si supiera que él era el causante de su agonía.
Pero antes de que el monstruo pudiera moverse, un ruido entre los árboles hizo que Endo volviera la cabeza. Pisadas, rápidas y numerosas, se escuchaban acercándose desde la espesura del bosque.

Endo, sin fuerzas, apenas pudo girarse para ver qué se aproximaba, su mente a punto de desvanecerse, preguntándose si aquello sería su salvación o el final definitivo.

Se quedó quieto, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La adrenalina corría por sus venas, y el dolor de sus heridas apenas lograba distraerlo del sonido que había captado en el aire. ¿Acaso son pasos? ¿Serán aliados o enemigos?, pensó, la incertidumbre apretándole el estómago mientras se preparaba para lo que fuera que viniera.

Capítulo 6 – La primera aventura

El monstruo aprovechó la distracción del aventurero para acabar con él, usando sus fuerzas en una última embestida frontal para arrebatarle la vida con sus enormes garras.

Endo sintió una presión insoportable en la cabeza, como si todo a su alrededor se comprimiera, y un frío metálico recorrió su sangre. No podía escuchar nada, solo un leve zumbido. Su visión se volvió borrosa debido al agotamiento de la pelea.

Logró distinguir una sombra: una figura encapuchada de blanco. Vio cómo levantaba la mano en su dirección y cómo fragmentos de hielo, alargados y puntiagudos, comenzaron a agruparse en el aire antes de ser disparados. Justo antes de desmayarse, alcanzó a escuchar unas últimas palabras.
—¡<<Ice Lance>>!

Endo abrió los ojos. Estaba en un cuarto viejo, grande y rústico; cinco camas lo rodeaban, todas vacías. El lugar olía a resina y hierbas secas, la luz entraba en finas tiras por las rendijas de las ventanas y el crujido de la madera acompañaba cada respiro. Había estantes con frascos de ungüentos, vendas limpias y algunas mesas con instrumentos de sanación usados por los miembros del gremio. Se oía el murmullo de voces al otro lado de los muros.

—¿Dónde estoy? —dijo, intentando incorporarse sin lograrlo.

—Ay, me duele todo el cuerpo… —se quejó, repasando en su mente lo último que había vivido: despertó de madrugada, atravesó el ataque de los High Lizards en la entrada, se encontró con los soldados heridos y la pelea junto a Frelda en el claro contra esas criaturas.

—¡Frelda! —gritó al recordar, impulsándose fuera de la cama solo para caer al suelo y golpearse la cara.

—¿Qué pasa, mocoso? No sabía que te gustaba la carpintería —dijo Frelda al entrar, atraída por el estruendo entre la cara de Endo y el piso de la enfermería del gremio.

—¿Frelda… eres tú? Qué bueno que estás bien —respondió Endo con voz descompuesta, aún con la mejilla pegada a la madera.

—¡¡Jajajajajaja!! Claro que estoy bien, ¿o acaso creíste que unas lagartijas iban a poder conmigo? —rió la aventurera, posando las manos en su cintura con absoluto orgullo.

—¿Qué pasó con el monstruo? No pude derrotarlo. Vi a alguien invocar una lanza de hielo y eso es lo último que recuerdo —dijo Endo, sentándose en el suelo con las pocas fuerzas que le quedaban.

—¿Un hielo, eh…? Yo también tengo curiosidad. Desperté y encontré a Kaydo todavía inconsciente dentro del hueco del árbol, dos High Lizards muertos en el claro y a ti tirado al lado de ese monstruo con la gema roja… muerto. Solo que la bestia tenía una perforación en el pecho del tamaño de tu cabeza —explicó Frelda con gesto pensativo mientras se rascaba el mentón.
Endo se fijó en que Frelda llevaba una venda apretada en el brazo izquierdo, medio oculta bajo la correa de su escudo. Ella hacía lo posible por disimularlo, pero Endo lo notó. Decidió no decir nada.

—¿Y Kaydo? ¿Está bien?
—Sí, es como si sus heridas se hubieran estabilizado mientras estaba inconsciente. Quizás tenga que ver con esa persona de la que hablas.
—Qué alegría escuchar eso…
—Y bueno, mocoso, cuéntame qué fue lo que te hizo desmayar. Llevas un día completo en esa cama.

—¿¡Un día entero?! —exclamó Endo.

Entonces comenzó a relatar a Frelda lo sucedido después de que ella fuera arrojada contra el árbol: cómo sintió el maná recorrer su cuerpo, cómo resistió al monstruo y logró rajarle el abdomen con la daga. Acompañaba sus palabras con gestos exagerados y ruidos de batalla hechos con la boca.

—Parece que sí tienes madera de aventurero, mocoso. Yo pensé que ibas a mearte los pantalones. ¡JAJAJA! —rió Frelda.

—Y yo no sabía que también dabas clases de vuelo, Frelda —replicó Endo con burla, recordando el “paseo” aéreo que le dio la bestia de la gema.

—Parece que ya estás recuperado, ¿eh, mocoso? Tus cosas están sobre esa mesa, prepárate y cuando estés listo, ve al gremio de aventureros. Nos vemos allí —dijo Frelda mientras salía de la sala.

Endo se sentó en la cama, miró al techo y trató de recordar a la figura encapuchada intentando rescatar alguna pista, pero fue en vano.

—Entonces… ¿esa lanza de hielo fue para salvarme? ¿Quién podrá ser?

Endo salió de la enfermería todavía con el cuerpo adolorido. Al llegar a la sala principal del gremio de Thalendel, se encontró con un ambiente caótico.

Aventureros y miembros del gremio discutían a viva voz.
—¡Fue un desastre, jamás debieron dejar la retaguardia tan débil!
—¡La emboscada estaba cantada, alguien tenía que haberlo previsto!
—¿Y ahora qué? ¿Dejaremos que esos reptiles campen a sus anchas?
—¡Necesitamos una respuesta inmediata!

Las voces se solapaban unas con otras. Unos gritaban buscando culpables, otros discutían cuál debía ser el siguiente paso, y algunos exigían venganza inmediata. Entre todo ese bullicio, Endo distinguió a Frelda y a Rey en medio del grupo principal, tratando de imponer algo de orden sin demasiado éxito.
Apartándose un poco del tumulto, Endo notó a Kaydo sentado en una mesa lateral, con el rostro pálido y los ojos fijos en la multitud. No parecía interesado en unirse a la discusión, solo observaba en silencio.

—Kaydo… —llamó Endo, acercándose—. ¿Cómo te encuentras?

El sanador levantó la vista con una leve sonrisa cansada.
—Mejor de lo que debería. No entiendo qué pasó. Lo último que recuerdo fue a Frelda cubriéndome con su escudo antes de perder el conocimiento. Creí que ya no iba a despertar… pero lo hice. Y mis heridas… se cerraron mucho más de lo que deberían con solo descanso.

Endo lo escuchó en silencio, recordando aquella misteriosa figura de blanco. Prefirió no decir nada por ahora.

—Hay algo más que debes saber —continuó Kaydo, bajando un poco la voz, inclinándose hacia Endo—. El jefe de la aldea, Uldyr Alathorin… fue secuestrado. Algunos aventureros lo vieron. No fue un simple ataque de bestias, Endo. Los High Lizard actuaban como si fueran comandados por alguien.

Los ojos de Endo se abrieron de par en par.
—¿Comandados? ¿Quieres decir que alguien los controla?

—Exacto. Y no es lo único. Encontraron una cueva en lo profundo del bosque. De allí salen los High Lizard con esas gemas incrustadas en la frente. Los líderes del gremio creen que ahí es donde lo mantienen prisionero.
Endo tragó saliva, intentando procesar todo.

—Entonces… ¿van a organizar una expedición?

Kaydo asintió.
—Sí, pero están divididos. Necesitan un plan de acción, aunque no quieren dejar a la aldea desprotegida. Nadie quiere que ocurra otra emboscada como la de la otra noche.

Los gritos a su alrededor parecían intensificarse. La tensión era palpable; cada palabra que escuchaba Endo confirmaba que lo que había empezado como un simple encargo de entrega se había convertido en algo mucho más grande.

Frelda dio un paso al frente y, con su porte imponente, hizo callar la sala. El estruendo de las voces se apagó poco a poco hasta que solo quedó el crujido de las tablas y el murmullo del viento colándose por las ventanas.

—¡Basta ya de gritos! —tronó con firmeza—. Si seguimos discutiendo aquí, la aldea caerá antes de que movamos un dedo.

Rey aprovechó el silencio ganado para tomar la palabra. Su voz era calmada, pero cargada de seguridad.

—Necesitamos una expedición rápida y organizada. Atacar sin orden solo traerá más bajas. Debemos decidir ahora mismo si concentramos fuerzas o dividimos defensa y ataque.

La puerta del gremio se abrió con un golpe seco. Una mujer delgada ingresó, de orejas puntiagudas y largo cabello blanco que resaltaba con los adornos verdes de sus ropajes. Vestía una túnica larga reforzada con cuero, que parecía fundirse con los tonos del bosque. Era Miriel, acompañada por dos guardias de aspecto intimidante, cuya presencia bastaba para intuir que estaban a nivel de aventureros de rango B.

Con voz firme, Miriel recorrió la sala con la mirada.
—Mi hermano fue emboscado por la horda de High Lizard y capturado. Sus guardias quedaron heridos de gravedad porque pelearon hasta el último aliento, y gracias a su sacrificio más de la mitad de esos monstruos cayó esa noche. Si ese era todo su ejército, entonces los que quedan con gemas deben ser muy pocos. Este es nuestro momento. Podemos asediar esa cueva y recuperar a Uldyr.

Endo frunció el ceño, desconcertado. Reconocía a Miriel; la había visto antes en Thalendel, discreta entre la multitud, pero ahora que hablaba con esa seguridad… no podía encajar la imagen.

—¿Quién es ella realmente? —susurró.
Kaydo lo miró serio, inclinándose hacia él.
—Es la hermana menor de Uldyr, el líder de la aldea.

La sorpresa se dibujó en el rostro de Endo, que volvió la vista hacia la semielfa, intentando comprender cómo había pasado desapercibida hasta entonces.

Miriel prosiguió con tono decidido, sin perder la calma.
—Quienes estén en condiciones irán en la vanguardia a explorar la cueva. Si el enemigo resulta demasiado, regresarán de inmediato. Ese grupo lo encabezará Rey junto a tres aventureros de rango C.

—En la aldea necesito al menos a dos de rango C como apoyo: Frelda y otro más. Los aventureros de rango D con habilidades de apoyo acompañarán a la vanguardia. Los de ataque permanecerán aquí para repeler cualquier emboscada.

Su mirada recorrió la sala, no con dureza, sino con determinación y confianza.
—El resto colaborará como pueda: vigías, mensajeros y suministros entre la vanguardia y la aldea. Todos tendrán un rol. Nadie quedará de brazos cruzados.

El discurso de Miriel logró lo que hasta entonces parecía imposible: los gritos cesaron, y por primera vez la multitud asintió al unísono. Los murmullos crecieron, ya no de enojo, sino de aceptación y determinación. Algunos aventureros apretaban el puño con renovada confianza, otros asentían entre ellos como si hubieran despertado de un sueño. Nadie se opuso; el plan había sido aceptado.

Uno a uno comenzaron a prepararse, marchando con prisa hacia sus hogares, forjas y puestos, listos para equiparse. Partirían antes del atardecer, y el tiempo apremiaba. Miriel se marchó con sus dos guardias, su silueta esbelta perdiéndose entre los aventureros que se movilizaban.

Endo, Kaydo, Frelda y Rey se fueron a sentar a una mesa para conversar de sus propios planes como grupo. Rey apoyó el codo sobre la madera con gesto sereno.

—Parece que ya tenemos camino —dijo, sin dejar de mirar a Kaydo—. Tú y yo vamos en la vanguardia. Mejor vayamos a preparar lo necesario.
Kaydo asintió, esbozando una ligera sonrisa.

—Sí, será mejor estar listos. No quiero repetir la última vez.
Ambos se levantaron y se despidieron con un gesto, dejando a Frelda y Endo a solas. El silencio que quedó entre ellos fue breve; la guerrera se acomodó en la silla y miró su brazo vendado.

—¿Cómo va eso? —preguntó Endo, señalando la venda.
Frelda arqueó una ceja, fingiendo desinterés.
—Bah, nada. Apenas un rasguño. Tú deberías preocuparte más por ti, mocoso.
—Estoy bien —respondió Endo, aunque su voz tenía un dejo de cansancio.
Se quedó en silencio unos segundos, hasta que recordó la carta que llevaba consigo desde el inicio de la misión.

—Frelda… la carta. La que debía entregar a Uldyr. Decía que era urgente que la recibiera. ¿Crees que pueda dársela a Miriel? Si es la hermana, quizá sea igual de importante que la lea.

Frelda lo miró, uniendo las piezas en su cabeza.
—Puede que tenga relación con lo que está pasando.
—Iré a buscarla a la posada para entregársela a Miriel —dijo Endo, poniéndose de pie.

—Bien, nos vemos acá en el gremio en una hora —respondió Frelda con naturalidad. El sol comenzaba a descender cuando llegaron a la entrada de la vivienda de Miriel. Los dos guardias de la semielfa, plantados como estatuas, los detuvieron con firmeza.

—¿Qué quieren? —preguntó uno con tono áspero.
Antes de que Endo pudiera responder, Miriel apareció tras ellos, con un gesto sereno.

—Déjenlos pasar.
Los guardias se apartaron y los aventureros entraron en la casa. El interior estaba iluminado tenuemente por lámparas de aceite, y un aroma a hierbas secas llenaba el ambiente. Miriel los condujo hasta una mesa baja donde dispuso tazas de té.

—Siéntense —dijo con cortesía—. Después de lo del gremio, necesitaba un respiro.

Frelda respondió con su habitual firmeza, mientras Endo bebía un sorbo tímido del té. Conversaron unos minutos sobre la reunión, sobre la tensión que se vivía y las esperanzas depositadas en la expedición.

Fue entonces cuando Endo sacó la carta y la extendió hacia Miriel.
—Esto debía entregarlo a Uldyr con urgencia. Creo que usted debería verla.
La semielfa tomó el sobre con cuidado. Dudó un instante y luego lo abrió. Sus ojos recorrieron las líneas y, a medida que avanzaba, su expresión se transformaba. Primero sorpresa, luego angustia. Cerró el sobre con fuerza, como si quisiera romperlo.

—No… esto no puede esperar. Necesito ir a buscar a mi hermano ahora mismo.

De pronto se levantó y caminó con rapidez hacia la parte trasera de la casa. Frelda reaccionó de inmediato, poniéndose de pie.
—¡Oye, qué estás haciendo!
Miriel se volvió, con determinación en los ojos.

—Voy a salir por atrás. Mis guardias jamás me dejarán pasar por la entrada. Los puso mi hermano para protegerme… y para evitar que yo salga de la aldea. Pero no puedo quedarme aquí mientras él está prisionero.
Frelda apretó la mandíbula.

—Es demasiado peligroso. No puedes salir sola.
—No creas que no sé defenderme sola —dijo Miriel, apretando el sobre contra su pecho.

—Aun así, no puedo dejar que vayas sola —replicó Frelda con firmeza.
Miriel sostuvo la mirada de la guerrera por un instante y luego asintió.
—Entonces acompáñenme…

El silencio cayó sobre la habitación. Endo sintió un nudo en el estómago mientras la idea se clavaba en su mente. ¿Qué debía hacer? ¿Obedecer a Miriel y seguirla en secreto? ¿Avisar a los guardias para detenerla?

Cementerio de héroes

Un lugar lleno de mágia, tesosos y aventuras

Lee todas las entradas ↓